Monday, April 19, 2010

La revolución democrática

Permítanme avanzar el nombre de Claude Lefort y su libro “L’Invention démocratique. Les limites de la domination totalitaire”, para alguien que quisiera "reflexionar" sobre estas cuestiones al mismo tiempo « reaccionarias » y « revolucionarias ».

Claude Lefort lo publica en 1981, cuando faltan pocos años antes de la caída general soviética y cuando los poloneses están luchando contra la dictadura comunista. Lefort interviene para decir que la democracia es antes de nada una revolución. La democracia es un hecho histórico que instaura lo político moderno, lo origina a partir de la invención de los derechos, esos que llamamos humanos. La democracia es el lugar de la indeterminación, de la incertidumbre, de la interrogación constante, todo lo contrario del totalitarismo que pretende petrificar la indeterminación democrática, controlar todo lo que fluye y se escapa, instalar el partido único en lugar de las divisiones sociales y de las incertidumbres de una sociedad civil . El totalitarismo luego es, dice Lefort, una contrarrevolución dirigida contra la indeterminación de la revolución democrática. La erradicación de los derechos humanos en el totalitarismo completa la negación de la revolución democrática que instauró precisamente esos derechos.

El totalitarismo no es entonces una fabricación metafísica, sino que emana de la democracia misma, es la enfermedad histórica de las democracias cuando estas, inquietas y cansadas, abandonan esa indeterminación e incertidumbre para construir muros espesos de certitudes y de poderes definitivos e inmortales.

Los nuevos reaccionarios, los actuales, ya no conciben continuar revolucionando, ya sea en el arte o en la política, sino que desean erradicar del lenguaje la palabra misma de revolución . Los viejos reaccionarios pervierten o enmascaran el nombre de revolución, como por ejemplo los socialistas del siglo XXI, ex viejos socialistas del siglo XIX; los nuevos reaccionarios lo exterminan, como lo hacen los actuales críticos antimodernos deseosos de liquidar una revolución democrática que según ellos instala la ingobernabilidad o ansiosos de rechazar las revoluciones artísticas productoras, siempre según ellos, de agitaciones, convulsiones y desórdenes.
Los viejos reaccionarios siguen queriendo liquidar la democracia, los nuevos reaccionarios quieren una democracia con pies de plomo, y esto, imparablemente, conduce a la misma catástrofe política.

Los unos y los otros son incapaces de adaptarse y de asumir la incertidumbre y la indeterminación del por-venir. Eso que Claude Lefort llama “la revolución democrática”.

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