Monday, April 26, 2010

¿Elecciones para cuando?

Todos conocemos la frase que amasados en la Plaza Cívica gritaban los cubanos durante el discurso de Castro, el 1ro. de mayo de 1960; “¿Elecciones para qué? ¿Elecciones para qué?” La respuesta la daban ellos mismos con exclamaciones prolongadas: “¡Ya votamos por Fidel, ya votamos por Fidel!”. Fueron estas palabras, pronunciadas por el pueblo cubano él mismo, que afincaron y proclamaron definitivamente la dictadura cubana. Fue aquel día cuando el pueblo cubano se despojó de su poder soberano y se lo entregó a Fidel Castro.

Fusionado con la masa cautivada, el Líder Máximo indiscutible proseguía su discurso con un cuestionamiento al “proceso electoral”, y hacía implícitamente una pregunta: “…como si el único procedimiento democrático de tomar el poder fuesen los procesos electorales”. O sea, ¿existe un procedimiento democrático para tomar el poder que no sea aquel que permite a los ciudadanos elegir libremente a sus representantes? Para Castro ese procedimiento existe, y se llama el “proceso revolucionario”, el “proceso de lucha revolucionaria”. Para Castro, el único procedimiento democrático es “ese procedimiento mediante el cual un pueblo, no con un lápiz, sino con su sangre”, toma el poder.
Para Castro, en definitiva, en aquellos años se trataba exclusivamente de tomar el poder, y para eso necesitaba legítimamente el asentimiento del pueblo. Necesitaba ser elegido por el pueblo.

Es aquí donde es fundamental comprender la diferencia abismal que surge de los dos significados de la palabra elegido. En una elección democrática, el hombre político es elegido por un proceso electoral, siguiendo la palabra elección que significa escoger libremente entre varias opciones. En una elección con un “procedimiento revolucionario” al estilo de Castro, el hombre político es el elegido, el predestinado. Para los cubanos de hace medio siglo, era inútil elegir electoralmente a Castro, ya que el Líder Máximo se presentaba como el elegido, el predestinado, el profeta iluminado de la voluntad divina y del destino. Castro, durante estos primeros meses de la caída del gobierno de Batista, busca ser el elegido del pueblo, y no ser elegido por el pueblo.

Es así como pasamos de unas elecciones simplemente políticas, a una elección divina, a una elección por aclamación, pasamos de una concepción puramente política o constitucional a una concepción teológica y primitiva de la soberanía.
El elegido del pueblo- y no el elegido por el pueblo- se convierte automáticamente en Dios, el Dios que entró en La Habana. Un poder originario, dotado de todos los poderes, infinito y perpetuo. Aquel 1 de mayo de 1960, el pueblo soberano cedió su soberanía al elegido, al predestinado, al elegido por Dios desde la eternidad para lograr la salvación.


Examinemos de más cerca aquel 1 de mayo del año 1960.
Castro, con sus estudios de derecho, conoce muy bien la diferencia entre poder constituyente originario y poder constituyente derivado o instituido. Cuando zarpó con el Granma para desembarcar en Cuba, no fue con la intención de derribar una dictadura y de restablecer una democracia confiscada. Se fue con el firme propósito de crear un poder constituyente originario, origen y fundamento de la soberanía y a partir del cual se instala posteriormente el poder constituyente derivado. Derivado del originario y destinado a preservarlo y a protegerlo. Castro tenia la firme intención de derrocar a Batista y de crear ese acontecimiento originario, inaugural.

En este discurso del 1 de mayo, Castro hace una diferencia entre la rebeldía y la revolución: “Y un proceso revolucionario no quiere decir solo la etapa de la guerra. Aquella fue la etapa de la rebelión; después vino la etapa de la Revolución. Antes fue la guerra consecuencia de la rebeldía de nuestro pueblo y ahora es la Revolución consecuencia del espíritu creador de nuestro pueblo”. Para Castro la “rebeldía” es la etapa de lucha por el poder, la “revolución” es la toma definitiva del poder. La retórica de su manipulación necesitaba transmutar los rebeldes por los revolucionarios: cambiar el plomo en oro.

La etapa rebelde consistió en derribar el poder constituyente (representado por la sombra de Batista) por medio de una guerra que se puede llamar guerra civil, y en sustituirlo por un poder constituyente originario, en el cual el comandante apareciera como el predestinado, la luz de la salvación de la Patria, una especie de Marti resucitado, nuevo profeta iluminado. La etapa siguiente, la “revolucionaria”, consistió en fabricar otro poder constituyente derivado, pero a partir de una operación manipuladora que sustituía el poder soberano del pueblo por el suyo propio. Es aquí donde las exclamaciones del pueblo, “ya votamos por Fidel”, “ ¿elecciones para qué?, cobran toda su importancia. Aquí, el pueblo abandona su poder soberano y lo cede a un individuo en particular: Fidel Castro. Es entonces cuando Castro advierte que el poder es totalmente suyo..

En una democracia constitucional, el único origen del poder es la voluntad del cuerpo social por entero, es decir del pueblo soberano. La lógica formal del derecho exige un solo titular de la soberanía. El pueblo constituyente originario es ese titular, origen del poder, de todos los poderes, un poder de derecho, original y supremo. Es un poder inicial, autónomo, incondicionado y permanente. Inicial, porque no existe nada por encima de él: exprime directamente la voluntad del soberano. Autónomo, porque nadie puede influenciarlo para limitarlo en su acción. Incondicionado, porque ningún limite puede ser fijado a su ejercicio. Y permanente, en fin, porque el poder constituyente originario solo desaparece después de haberse expresado en su plenitud. El poder soberano del pueblo se encarna en la Constitución, y solo el pueblo puede modificarla.

¿Que ocurre cuando el pueblo, cuando el cuerpo social cede su poder soberano a un individuo? Pues aparece la figura del dictador, del tirano o del monarca absoluto. El “proceso revolucionario” que instala Castro a partir de 1959, consiste en recuperar el poder soberano del pueblo para él. La astucia reside, no en dar un golpe visible contra el pueblo y su Constitución, sino en dejar al pueblo llevarle paulatinamente ese poder en una bandeja. Mejor dicho, se trata de camuflar un golpe de Estado bajo la espontaneidad del pueblo ofreciéndole voluntariamente su poder soberano, un poder exorbitante, sin el sentimiento de haber sido forzado, ni obligado. El poder que recibe Castro se aparenta a una ofrenda.

En realidad cabe interrogarse sobre la naturaleza y la legitimidad del poder que se instala a partir de 1960 en la isla. ¿De donde emana el poder de Castro? ¿De una lucha armada cubierta de sangre? ¿De los gritos de una masa concentrada en una plaza?

Debemos interrogarnos sobre lo que significa un contra-poder. Montesquieu, en una formula celebre de “El espíritu de las leyes” lo define: “Para que no se pueda abusar del poder, hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder pare el poder”. Esto es la base para la garantía de un poder moderado. Pero para ello se necesita una concurrencia entre los poderes a partir de un juego de competición, algo que solo se consigue dentro de un sistema pluralista, en el marco de una democracia constituida, constitucional, es decir representativa.

Ahora bien, el poder del dictador Castro es únicamente un poder originario, inaugural, primario, primitivo, único, sin pluralidad ni concurrencia entre los poderes. Un poder soberano absoluto expoliado al pueblo sin ningún contra-poder. Nunca se presentó a unas elecciones porque necesitaba mantener intacto ese poder constituyente originario del año 1959.

Sin embargo, el poder constituyente originario debe diluirse en un poder constituyente derivado o instituido, para que su poder ilimitado, incondicionado, absoluto, sea limitado por un texto que establezca la constitución y que bajo la única autoridad legítima del pueblo precise las condiciones y las reglas del ejercicio del poder. Castro, al negarse a realizar este gesto en 1959, rechazando cualquier forma de restauración del poder del pueblo, guardó para su beneficio propio y exclusivo el poder originario que le habían procurado las armas y la sangre derramada. Como si aquella guerra civil ganada contra Batista le hubiera concedido el derecho divino de un predestinado a mantenerse en el poder eternamente. Con un poder soberano robado al pueblo y sin contra-poder, Castro se transformó ipso facto en un dictador vitalicio.

El único modo para que en Cuba se instale un verdadero poder constituyente derivado, con su estado de derecho y su constitución emanación del pueblo soberano, es de convocar elecciones, es decir, comenzar un proceso electoral y acabar con el “proceso revolucionario” castrista que solo es en realidad un proceso golpista. Unas elecciones libres y justas son las que garantizan un sistema pluralista a partir del cual el poder constituyente instituido puede ponerse a funcionar con sus contrapoderes.

Por eso, la pregunta hoy, para dejar atrás el pasado tiránico y dictatorial y dirigirse hacia un futuro pluralista y democrático, no seria ¿elecciones para qué?, sino ¿elecciones para cuando?

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